Entrevista con...

Manuel Vilas: «Cuando empiece la desescalada el miedo hará su aparición en todas partes; vamos a ser sociedades más grises”

Leer, escribir, y sobre todo, angustiarse por la fragilidad del mundo. Eso es lo que más ha hecho el escritor Manuel Vilas durante el confinamiento que está pasando en su casa de Madrid, y en el que también encuentra pequeñas alegrías. Desde allí atiende nuestra llamada y comparte en esta entrevista algunas de sus reflexiones sobre la pandemia. No oculta su preocupación por la gravedad de la situación y augura que cambiarán muchas cosas. Cuando comience la desescalada, dice, el miedo aparecerá en todas partes, y los besos y abrazos tardarán en volver. “Seremos sociedades más grises y retraídas”.

Acostumbrado a una vida casi frenética por el éxito de Ordesa y Alegría, se ha enfrentado también al parón de su agenda repleta de viajes, presentaciones y eventos previstos, y finalmente cancelados. Sin libertad hasta los libros se vuelven entretenimientos vacíos, afirma, porque la vida se ha parado. “El encierro ha sido una muerte en vida”. Ahora añora volver a esos hoteles que aparecen en su última novela, aunque sean ruidosos. Ya pedirá un cambio de habitación.

¿Qué daría ahora por una escapada a Ordesa?

Daría bastante por ir allí y justo ahora, a finales del mes de abril. Echo en falta salir a dar un paseo en un lugar hermoso como Ordesa, es tanto como renunciar a la belleza de la vida.

¿Cree que el confinamiento es más fácil para los escritores, acostumbrados a recluirse para escribir?

Hay algo en mí que se rebela contra las imposiciones. Lo que estamos viendo en el mundo son órdenes y mandatos. Más que una soledad elegida es un arresto domiciliario, y no es lo mismo. Ese matiz es importante porque falta la libertad. Cuando un escritor se encierra lo hace en diálogo con un mundo que está abierto. Ahora el mundo con el que pretendes dialogar a través de tu encierro está encerrado como tú. Esto no es una guerra, que eso es lo más atroz, pero es muy grave lo que está pasando.

Dice que escribe porque no sabe cocinar, no sabe arreglar el coche… ¿Ha aprovechado este tiempo para aprender algunas de esas cosas?

Eso lo dije en Twitter para poner de manifiesto que el trabajo de la escritura es un trabajo tan ordinario como cualquier otro. Quería quitarle un poco de solemnidad. He aprendido a cocinar algunas cosas, pero no… Lo que más he hecho ha sido leer y escribir, y sobre todo angustiarme por la fragilidad del mundo. Nos hemos dado cuenta de que el mundo que creíamos sólido ha resultado ser muy frágil.

Como observador y escritor estará reflexionando mucho sobre lo que estamos viviendo en esta pandemia, ¿Qué es lo que más le ha llamado la atención?

La forma tan natural y disciplinada con que la gente ha seguido las instrucciones de las autoridades, cómo se ha renunciado a las libertades fundamentales sin problemas. Lo más positivo es la parte cívica pero, por otro lado, hay una especie de excesivo acatamiento. Desde el punto de vista filosófico y moral había una fricción entre libertad y salud; obviamente lo primero es la salud porque si no, no hay vida. Haber perdido un derecho fundamental, como es el derecho de la vida, produce angustia. Al principio del confinamiento había una sensación festiva. Mucha gente lo confundió con vacaciones hasta que poco a poco esto ha ido revelando su auténtica faz, que es la de un cambio en las costumbres importantísimo y la introducción del miedo. Cuando empiece la desescalada el miedo hará su aparición por todas partes. Los titubeos, las dudas, la angustia, las incomodidades…

¿Cree que las relaciones personales y sociales van a cambiar?

No hay nadie en el planeta que sepa qué va a pasar. Cualquier vaticinio no tiene demasiada solvencia, porque no lo sabe nadie, ni biólogos, ni científicos… No tienen una idea clara. Se hacen cábalas. La vacuna sería el único remedio que devolvería una normalidad absoluta. Por otro lado, está la idea de que en cualquier momento puede aparecer otro tipo de virus. Lo que parece obvio es que el mundo entra en un momento de fragilidad social.

¿A qué se refiere?

El tejido social va a ser temeroso, la gente va a estar con miedo, la vida expansiva e intensamente social va a desaparecer. Vamos a ser sociedades más grises, más retraídas, con contactos telemáticos más que reales, más encerrada en casa. Probablemente en España van a cambiar los hábitos. En países nórdicos, donde la reclusión en el hogar es más habitual, podrá ser más fácil. Pero en países latinos, donde la vida en la calle es fundamento de nuestra concepción social, se va a resentir y nos va a costar más. Imagino que la vacuna podrá cambiarlo todo.

¿No volveremos entonces a darnos abrazos, besos y a sentir el calor de la gente?

De manera inmediata no. Habrá gente más o menos valiente, o más o menos consciente. Yo creo que a la gente le va a costar darse besos y abrazos.

Pero eso es un cambio enorme…

Los españoles durante estos días de confinamiento han interiorizado ya esa nueva forma de estar en la sociedad. Han incorporado la distancia social a su vida de modo que cuando salgamos va a persistir. Aunque también dependerá de cómo evolucione la pandemia. Si los contagios desaparecen, la gente podrá atreverse más a dar la mano o dar dos besos como hacía antes.

¿Qué es lo que más le preocupa de lo que queda por llegar?

Lo que queda por llegar es una crisis económica de mil pares de narices. Eso va a ser otra pandemia. Va a haber también una reordenación en las políticas internacionales, la movilidad, el espacio aéreo… Vamos a estar en una contracción económica y va a volver la idea de naciones. La gente no va a querer saber nada de Alemania o Italia porque se va a recluir en su propia casa, que en este caso es su país.

Con una agenda tan completa como la suya, ¿qué le provoca ver que todo lo que tenía previsto se ha caído y que de momento no puede apuntar mucho más?

Pues no me he suicidado de milagro. Me he quedado triste, pero más allá de eso, me he dado cuenta de que viajar, ver gente, dar un paseo por una calle, entrar en un restaurante o entrar en una librería era maravilloso. El concepto de vida en el ser humano es un concepto social, si no ves a otro que te dice: ‘hola como estás’, tú no sabes que estás vivo. Una persona solitaria en su casa acaba convirtiéndose en un fantasma porque nadie le dice nada. La vida en el ser humano tal y como la concebimos es vida social. Sabemos que estamos vivos porque vamos a nuestro trabajo, vemos a nuestra familia, entramos a una tienda, vamos a una calle llena de gente, la gente nos ve… , y esas interacciones son las que son consustanciales a la vida humana. No era una cosa divertida lo de quedarse en casa. Después de cuarenta días, con una desescalada tan lenta, y con una visión constante de que si no se arregla tenemos que volver a otro confinamiento, esto desde hace mucho no tiene ninguna gracia, es una pesadilla.

Recurrir a la alegría en esta situación es más necesario que nunca pero también es más difícil. ¿Cómo y dónde la podemos encontrar?

Mi novela Alegría recoge los sentimientos básicos que causan alegría. Por un lado, la vida biológica, saber que estas vivo, que te despiertas, que puedes tomarte un café, ver la luz del sol, y eso lo podemos seguir experimentando. Y, por otro, la alegría también está en la novela en la invocación de los padres muertos. El amor hacia quien te dio la vida y ya no está, y el amor a las personas vivas que constituyen tu familia. Estos son los elementos básicos que describo en Alegría como fundamentales para sentir ese sentimiento. Eso en un confinamiento puede darse, recurrir a lo esencial, a lo biológico.

¿Ayudan los libros más que las series a sobrellevar mejor esta situación?

Sí que ayudan, ayudan muchísimo. Aunque los libros, el cine y el arte funcionan en una sociedad abierta. Cuando la sociedad está cerrada son un entretenimiento gris. Cuando lees una novela que te gusta muchísimo, esa novela te está diciendo que tu vida, cuando vivas, se intensifique, pero ahora no vas a vivir nada. Estás leyendo o viendo cine en el vacío. Eso no lo ha dicho nadie todavía, pero me ronda la cabeza desde hace días. Tú lees un libro en el confinamiento y lo estás leyendo de vacío porque la vida no funciona. No entiendes lo que lees, porque el libro está hablando de calles llenas de gente, de restaurantes… Es un momento muy raro lo que estamos viviendo. Hay quien dice que no es tan raro y recuerda la gripe de otros siglos, pero entonces no había medios de comunicación. Esta colisión entre tecnología y pandemia no la habíamos visto.

¿Qué opinión tiene de las palabras de esta pandemia como desescalada o nueva normalidad?

Desescalada me parece una palabra horrible. Buscar palabras más esperanzadoras también podría estar en la mente de nuestros gobernantes. Confinamiento, en cambio, está bien, es una palabra castellana que me gusta. Pero desescalada es una palabra técnica que no han pensado ni un minuto. Regreso o retorno me gustaba más. El castellano tienen palabras muy bonitas. Desescalada no sé de dónde la han sacado.

¿No le pondría ninguno de esos nombre a sus libros?

No, para nada, creo que ennoblecer el lenguaje con lo que está pasando también sería bueno.

¿Tiene ganas de volver a un hotel ruidoso donde pedir que le cambien de habitación?

Tengo muchísimas ganas de volver a los hoteles. Detrás del confinamiento lo que ha habido en realidad es una muerte en vida. Las dos primeras semanas podrían tener su gracia, pero cuando se convierte en mes y medio ya vas entendiendo qué es la privación de libertad. Te das cuenta de que la vida es social o no es vida. La idea de libertad, el viaje, el movimiento, el ver gente. Hay otra cosa increíble y es que no ves a nadie haciendo nada. La actividad laboral es hermosa. La vida es construcción, le da sentido. Si la gente deja de hacer y no hacemos nada estamos muertos. El ser humano es activo por naturaleza, no es un ser vegetal. Necesita hacer cosas y construir, y si no lo hace siente que estar muerto.

Mi alegría de hoy ha sido entrevistarle, ¿Cuál ha sido la suya?

¡Muchas gracias! He descubierto cerca de mi casa una verdulería y me han vendido unas acelgas que en Barbastro la llamamos acelgas de plantero, una acelga estrechita, muy fina y exquisita. Esas acelgas han sido mi alegría de hoy, porque me han recordado a mi pueblo y a mi padre, que le gustaban mucho. Ha sido también el recuerdo de mi padre.

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