Entrevista con...

Paula Figols: “El miedo al otro o a lo desconocido nos hace poner etiquetas”

Para la periodista y escritora Paula Figols (Zaragoza, 1977) siempre quedan cosas pendientes y sueños por cumplir. Viniendo de ella sabes que no es una frase hecha o un comentario bonito. Su vitalidad y, sobre todo, su curiosidad por conocer y descubrir el mundo le lleva a tener una larga lista de planes por hacer. Ahora publica su segunda novela, Catorce de Pregunta Ediciones, con la que cuenta en primera persona la historia de Karim, un joven marroquí que llega a España en patera. Una historia que bien podría ser la de cualquiera de los menores no acompañados que cada año llegan a nuestro país y que le sirve para retratar una vez más una realidad social. ¿Cómo serían sus vidas allí? ¿Qué les lleva a tomar esa decisión? ¿Se sienten estigmatizados aquí? Preguntas cuyas respuestas no caben en una noticia o reportaje, y que llevan a la autora a contarlas de forma novelada.

“Creo que, desde aquí, miramos al sur con un punto de soberbia, como si nos creyéramos que somos más por tener un nivel económico mayor”, cuando la realidad es que el lugar donde naces condiciona mucho la vida que tenemos, sostiene.

La novela llegará a las librerías a finales de esta semana y, la próxima, se presentará en el Parque Tío Jorge de Zaragoza, un espacio que tiene un lugar destacado en estas páginas que transcurren en una ciudad que la autora conoce bien y describe con detalle.

Sólo catorce kilómetros separan Europa y África, pero parece un abismo…

La novela se pregunta muchas veces si esos catorce kilómetros son poco o mucho. Los personajes se hacen esa pregunta, porque en realidad son dos mundos que, estando muy cerca, son muy diferentes. La novela es la historia de un chico que cruza en patera de Marruecos a España y cuenta en primera persona cómo vive esa diferencia abismal entre un mundo y otro.

Pese a esa poca distancia, es un continente desconocido…

Totalmente. Creo que, desde aquí, miramos al sur con un punto de soberbia, como si nos creyéramos que somos más por tener un nivel económico mayor. Hay un gran desconocimiento sobre África, sobre los países del sur. Son ellos los que vienen aquí, pero también nosotros deberíamos mirarles con más empatía.

¿El lugar donde naces lo condiciona todo o casi todo?

Yo creo que sí. El lugar donde naces marca mucho las oportunidades que tienes en la vida, las experiencias, las personas con las que te relacionas, y eso es azar. Algo que hacíamos en casa estos días era pensar cómo se vive el confinamiento en un país o en otro, en una casa o en otra. ¡Claro que marca!

A España siguen llegando menores no acompañados como Karim, el protagonista, pero, con frecuencia, sufren el rechazo de la sociedad. ¿Qué hay detrás de esa reacción?

Se les estigmatiza mucho, en gran medida, por desconocimiento, como ocurre en general con la población inmigrante. Desconocemos mucho su realidad y, al final, el miedo al otro o a lo desconocido nos hace poner etiquetas. Además, se ha hecho un uso político y partidista de los menas y ha interesado ponerles la etiqueta de peligrosos y conflictivos. Hay una parte de ellos que puede que sean así por su experiencia y todo lo que han pasado, pero no es eso lo que les define como colectivo. En la novela, cuento una historia particular de un chico; no es un ensayo sobre menas o un reportaje periodístico, sino una historia sobre una persona, porque quería acercarme y humanizar a estos menores.

¿Qué le lleva a escribir sobre ello?

Estos últimos años, por mi trabajo en Heraldo de Aragón, he entrevistado a varios menas y cada uno me ha dejado huella. Me hacía preguntarme cosas que en un reportaje de un periódico no cabían: qué hay detrás, qué les lleva a tomar esa decisión, cómo vivían en sus países, si se sienten estigmatizados aquí o no… Muchas preguntas, cuyas respuestas no caben en un artículo. La novela me iba a permitir explayarme más y escribir con más libertad, aunque el origen está en entrevistas periodísticas.

¿Cuáles son esas respuestas a esas preguntas?

Su realidad es muy difícil. Son chicos que se encuentran entre dos mundos y entre la infancia o adolescencia y la etapa adulta. Tienen experiencias más avanzadas de lo que les correspondería por su edad. Son chicos a los que les cuesta encajar en un sitio. Tienen unas expectativas de triunfo social y de riqueza que vinculan con Europa, y que luego no es lo que les toca vivir. Les toca vivir en centros, con unas normas concretas, escolarizados… Tienen que seguir unos protocolos y eso es difícil; no todos llevan este itinerario correctamente o de manera exitosa. Es difícil hacer una foto de todos, porque es un colectivo particular.

¿Ha querido ambientar la novela en Zaragoza para acercar esa realidad?

La he ambientado en Zaragoza porque así podía describir todo con más detalle, para que resultara más verídico. Me gusta escribir de mi ciudad porque es una manera de contar detalles más cercanos que le dan esos matices a la historia que la enriquecen. Pero, en realidad, podría estar ubicada en cualquier ciudad española o europea.

¿Cómo habrán pasado el confinamiento estos menores en esos pisos tutelados?

Apenas nos llegan noticias, porque, al ser menores, se les protege. Si nosotros, familias medias, con recursos tecnológicos y culturales, lo hemos pasado mal, podemos intuir cómo lo habrán pasado ellos. En general, esta situación, me ha hecho pensar mucho en los que viven una situación más complicada.

¿Cree que estas historias tienen poco espacio en los medios de comunicación?

Lo que ocurre es que cuando se habla de temas sociales se habla en negativo. Es más noticia un delito o un suceso que una historia en positivo de un inmigrante, un mena o un refugiado. Esas historias cuesta más encontrarlas y tienen mucho valor, porque nos hacen entenderles mejor. Sí que se hace ese trabajo en los medios, pero siempre lo negativo está por delante. Quizá deberíamos hacer un esfuerzo por no poner siempre el foco en las noticias negativas y poder contar otro tipo de historias que también tienen mucho interés.

¿Qué le interesa contar en sus novelas?, ¿qué historias le motivan más?

Soy muy observadora y cuando camino por la calle, imagino historias de la gente con la que me cruzo. Yo creo que cada persona tiene una historia que contar. Las historias cotidianas o aparentemente pequeñas son un tesoro y tienen una gran riqueza.

Apuntes, reseñas y notas recopiladas durante años desembocaron en su primera novela, El refugio de las golondrinas. ¿Cómo ha sido esta vez, ahora que ya no es primeriza?

Es cierto que ya no era primeriza pero, cuando me enfrentaba al proceso de escritura, me volvían a surgir muchas dudas. No tengo un momento inicial en el que decida empezar la novela, aunque sí hay un momento en el que me pongo a ordenar todas esas notas, a hacer un esquema, darle forma… Ese proceso empieza muchos años atrás, luego concentro la escritura en unos meses.

¿El proceso creativo ha sido parecido entonces?

Sí, porque llevo años haciendo entrevistas a menas e inmigrantes. De algunas de ellas me guardaba frases que me llamaban la atención, y con eso llevo años. En estos dos últimos años, le he dado forma a la novela y, en el confinamiento, he aprovechado para hacer una relectura y darle el empujón final.

Para su faceta de escritora se ha apoyado mucho en su blog. ¿Cómo le ha ayudado a dar el salto a la novela?

Llevo ya casi diez años escribiendo el blog. Es una manera muy personal de contar cosas de mi vida cotidiana y me ha servido para atreverme a soltarme y vencer el pudor. Es muy distinto escribir un post, un relato o un poema que una novela, pero ese ejercicio y esa continuidad en la escritura me ayuda cuando afronto proyectos más largos.

Las dos novelas están unidas por el número catorce. ¿Tiene algún tipo de simbolismo o ha sido casualidad?

¡Ha sido casualidad! Esta novela tuvo muchos títulos provisionales y me costaba encontrar uno que le definiera. El de Catorce llegó casi al final, y, es verdad, no había caído que está unido, que la historia de El refugio de las golondrinas comienza un 14 de septiembre. Tendré que pensarlo. También recientemente mi hija mayor ha cumplido 14 años y, a lo mejor, es algo que yo llevaba dentro.

En tu blog dices: “de mayor quiero ser periodista, escritora, futbolista, viajera, escaladora, cocinera, jardinera, fotógrafa, maga, exploradora, arquitecta de castillos en la playa, catadora de horchatas, ciclista, nadadora, saltadora de olas, librera, florista y madre. ¿Lo has conseguido todo?

Estoy en ello. Creo que nunca acabas. Me gusta sentirme siempre aprendiz, siempre con proyectos nuevos y sueños por cumplir. Todo eso lo voy haciendo desde hace años e intento seguir.

¿Añadiría ahora algo más a esa lista?

Seguir encontrando nuevos caminos y cosas que me motiven. No tengo un plan único. Me rondan ideas para otras futuras novelas y no sé por dónde tiraré. La curiosidad la tengo ahí. Creo que es bueno tener varias ideas y varios sueños, y luego la vida te va llevando y van surgiendo las cosas.

Acostumbrada a hacer muchas cosas en el día, ¿está recuperando su actividad después de esta vida en ‘stand by’ que hemos tenido?

Echaba mucho de menos la vida al aire libre; el contacto con la naturaleza; el poder salir a correr y montar en bici, y lo estoy recuperando. Quizá lo más duro fue el principio del confinamiento y creo que, sorprendentemente, todos nos adaptamos a esa vida obligatoriamente casera y redescubrimos esas actividades para las que no tenemos tiempo. Me faltaba tiempo para hacer todas las cosas que me gustaría. Siempre quedan cosas pendientes.

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